Tuesday, February 4, 2020

George Steiner

"El más grande de los críticos es minúsculo comparado con cualquier creador". 

George Steiner, catedrático, ensayista, traductor políglota, crítico,  teórico de la literatura y la cultura. 

Nació en París en 1929. Falleció el 3 de febrero del  2020. Tuvo las nacionalidades francesa y estadounidense, pero se definió como una persona extraterritorial.


Saturday, January 25, 2020

Rhapsody in Blue

Ástrid, Gershwin, la Rhapsody in Blue 

 Fue tan intensa la ráfaga de música que sopló el sábado 18 de enero del 2020  en la ciudad californiana de San José gracias a la interpretación de la Rhapsody in Blue por parte de la pianista mexicana Astrid Morales Torres, que provocó a este cronista un tsunami de recuerdos que se remontaron hasta los muy lejanos tiempos de su adolescencia, cuando quedó prendado por esta obra maestra. 

Desde que salió el cronista del Cribari Auditorium en el que ofreció Ástrid su recital hasta el día en que escribe este texto, las melodías, los ritmos y la deliciosa conjunción del lenguaje de la música de concierto con el jazz lo han acompañado en forma persistente.

En estas circunstancias, el cronista ha vuelto sus ojos y sus oídos a esta obra y a Jacob Bruskin Gershowitz, el genial compositor nacido en Brooklyn en 1898, hijo de inmigrantes rusos, quien cambió su nombre por el de George Gershwin. Asimismo, volvió a lamentar que haya fallecido a la temprana edad de 38 años, cuando tenía las manos colmadas de promesas, como también fue el caso de Mozart, quien partió a la edad de 35 años y el de Chopin, a los 39.

Qué fortuna, pensó el cronista, que en breve podrá disfrutarse la ópera Porgy and Bess, de Gershwin  gracias a la transmisión en vivo desde el Metropolitan Opera House de Nueva York.

El anhelo de disfrutar Porgy and Bess se ve igualado por el de volver a escuchar la Rhapsody in Blue interpretada por Ástrid Morales, ya sea en la versión para piano solo o como solista de la espléndida versión orquestal en la que el genio del compositor se vio potenciado por el de Ferde Grofé (1892-1972), quien deslumbró al mundo de la música con una orquestación magnífica que se inicia con el glissando del clarinete que sigue causando asombro. 

Ástrid Morales Torres es particularmente afecta a tocar de solista. Así lo ha hecho en México con Rhapsody in Blue con la Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma de Nuevo León, dirigida por Eduardo Diazmuñoz, en Monterrey; la Orquesta Sinfónica del Estado de México, dirigida por Gabriela Díaz Alatriste, en Toluca y Valle de Bravo; la Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, dirigida por Guillermo Quezada, en esa ciudad de Chihuahua. 

Sería codiciable escucharla en la versión orquestal o la de piano solo, ya fuera en California, la Ciudad de México o en Arizona, donde radica. Que se cumpla este anhelo de año nuevo. 












Thursday, January 23, 2020

Ástrid Morales Torres conquista al público de San José, California

                                   El recital del regocijo


         

                                                       Rejoice, rejoice greatly!


Procedente de Arizona, Ástrid Morales Torres regresó a California y una vez más cautivó al público que asistió a sus recitales pianísticos en San José y Morgan Hill. 

Este cronista que ha seguido la trayectoria musical de la pianista mexicana desde el inicio de esta, cuando era una niña, presenció el recital con el que culminó su carrera en el Conservatorio Nacional de Música, en la Ciudad de México, y ha estado pendiente de su ya inminente doctorado en la Arizona State University, da testimonio de que la maestra se encuentra en el cenit de su arte. 

El recital se realizó el18 de enero en el Cribari Auditorium, de The Villages, comunidad de San José, la mayor ciudad del norte de California, en el Silicon Valley. 




La asombrosa, insólita comunión del público y la pianista hicieron que su presencia en San José se convirtiera en un festín de musicalidad, empatía mutua y alegría: ¡el recital del regocijo!

El auditorio escuchó al borde de la butaca los comentarios de la pianista previos a cada grupo de obras, lo que hizo recordar al cronista las palabras cargadas de humor de Gabriel García Márquez: "Lo único mejor que la música es hablar de música". Pero es preciso enfatizar que en este recital la música y la palabra fueron conmovedoras. El programa, interesante y equilibrado, nos llevó desde la caricia de Canción y danza número 6, del catalán Frederic Mompou (1893-1987), hasta la ráfaga de música de Rapsodia en blue, del estadounidense George Gershwin (1898-1937). 




Estampas, de Claude Debussy (1862-1918) marcaron un delicioso contraste con la extraversión de Dumka, de Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893), cuyos acordes finales en fortissimo sobresaltaron al público. Al concluir su interpretación, la pianista explicó en una demostración de empatía y buen humor la razón que tuvo el compositor para recurrir a ese sorpresivo efecto de esta pieza de carácter épico. 

La música de Manuel M. Ponce (1883-1948) dominó la segunda parte del recital. Entre las obras interpretadas,  Preludio y fuga sobre un tema de Handel nos recordó la maestría del gran compositor mexicano; Estrellita tuvo un carácter enternecedor y la Balada mexicana acrecentó el regocijo que caracterizó el recital de Ástrid. Pero este llegó al clímax con la polka Las bicicletas, tocada de encore y acompañada con las palmas de los eufóricos californianos que prorrumpieron en vítores a la pianista que los había conquistado.






De las interpretaciones virtuosísticas de Ástrid Morales Torres habré de seguir escribiendo. Cuando hablé de ellas a Javier Platas Jaramillo, conductor del programa radiofónico La otra versión, de la estación Opus 94 del Instituto Mexicano de la Radió, exclamó: "¡Qué maravilla!, ¡qué maravilla!"

*
(Agradezco la autorización de publicar las fotografías tomadas por Ken Carter, el organizador del recital)












Thursday, December 19, 2019

TubaChristmas 2019

La tuba canta en Monterey, California 


La tuba tiene un aspecto tan imponente que podríamos llamarla el elefante asiático (Elephas maximus) de los instrumentos. Quien nunca haya oído su voz esperaría escucharla barritar.




Compositores geniales como Silvestre Revueltas (1899-1940) y Ralph Vaughan-Williams (1872-1958)  le dieron su voz en partituras conmovedoras. El mexicano la conjuró para exponer el primero de los temas de Sensemayá, su obra maestra. El inglés  la hizo cantar en el Concierto para tuba y orquesta en fa menor, una de las joyas de su madurez.




Y la verdad es que el millar de asistentes al concierto TubaChristmas 2019, ofrecido en el  Conference Center de la ciudad californiana de Monterey, el 15 de diciembre, quedamos conmovidos  por el timbre de las grandes tubas y de los eufonios (o bombardinos), instrumentos estos últimos inexactamente considerados como "pequeñas tubas". 





No solo el timbre del eufonio, que como lo indica su etimología, es un instrumento de bello sonido, sino también el rotundo timbre o color de las tubas nos tocarom el corazón con las más tiernas, regocijadas canciones tradicionales de Navidad. Algunas de ellas, como Noche de paz, de Franz Gruber (1787-1863) nos hicieron evocar nostálgicos el paraíso perdido de la infancia. 

Qué delicia fue escuchar al público que. a la manera de un gigantesco coro,  cantó entre otras canciones navideñas The First Noel, Santa Claus is Coming to Town y O Christmas Tree.





TubaChristmas 2019, realizado por quinto año consecutivo en Monterey, ha marcado ya una tradición en esta ciudad que está a punto de festejar el sesquibicentenario (250 años) de su fundación.


El original TubaChristmas fue concebido en 1974 
por Harvey G. Phillips, en honor de William J. Bell, su maestro de tuba, nacido el día de Navidad de 1902. 

 El primer concierto tuvo lugar el 22 de diciembre en Nueva York, con la participación de 300 instrumentistas. Hoy día, se celebran más de 300 conciertos TubaChristmas, la mayoría de ellos en ciudades estadounidenses. Es un hecho que la tradición ya ha trascendido fronteras.

Al concierto navideño en el Centro de Conferencias acudieron cincuenta instrumentistas de diversas poblaciones. Uno de ellos viajó desde Boston, ciudad situada a 4,400 kilómetros de Monterey, mientras que otro solamente tuvo que recorrer 50 km, ya que vive en la cercana ciudad de Salinas.

El virtuoso de la tuba de mayor edad cuenta 83 años; el más joven, 12.

La entrada al festejo musical fue gratuita gracias a los patrocinadores del Monterey TubaChristmas 2019, el cual también  contó con el decidido apoyo de Clyde Roberson, alcalde de Monterey, quien dirigió como huésped una de las piezas interpretadas, tal como lo hizo el año anterior.



Tanto disfrutó el autor de esta reseña el Monterey TubaChristmas 2019 que entre broma y veras le dijo a Clarisa, su sobrina clarinetista, que le gusta más la tuba que el clarinete.





(Agradezco a Josefina Cabrera-Moreno por su aportación de las tres fotografías de los conciertos Monterey TubaChristmas 2018 y 2019) 

Saturday, December 7, 2019

Joaquín Achúcarro

Joaquín Achúcarro interpreta a Rajmáninov 

(Para Ástrid Morales Torres, en el doctorado de la Arizona State University)

                  
                            En cuanto caiga la noche,
                            enciende tu lámpara.

                                     Amado Nervo


Frecuentemente asocio el nombre del gran pianista español Joaquín Achúcarro con el de la gran pianista mexicana Ástrid Morales Torres. Ella fue alumna distinguida suya durante los estudios de maestría en la Southern Methodist University, de Dallas, Texas, tras la culminación de su carrera en el Conservatorio Nacional de Música de la Ciudad de México. 

La evocación de estos músicos surgió nuevamente ayer en la mañana, cuando escuché la transmisión del concierto de la Orquesta Sinfónica de Radio Televisión Española, dirigida por el japonés Kazushi Ono, en el Teatro Monumental de Madrid.

En la parte central, Joaquín Achúcarro fue solista del Concierto para piano y orquesta número 2 en do menor, de Serguéi Rajmáninov (1873-1943). 

Qué grata experiencia la de escuchar esa interpretación tan conmovedora de la obra del romántico tardío que fue tan menospreciado hace algunos años por los críticos y aun compositores como Ígor Stravinsky (1882-1971), su amigo, doble compatriota (ruso y estadounidense) y vecino en Beverly Hills, localidad del condado de Los Ángeles, California. 

Al final de la interpretación, cuando el público prorrumpió en aplausos y vítores, y Joaquín Achúcarro y Kazushi Ono se abrazaron, Pedro Antonio de Tomás "Peter", conductor del programa de Radio Clásica, comentó asombrado:

"Caramba, a mí ya se me enredan los dedos en el teclado del ordenador y tengo solo 61 años; cómo me maravilla la precisión y el virtuosismo de este pianista a la edad que tiene".


También el duodécimo Preludio en sol sostenido menor, de los 13 Preludios de 1910, ofrecido de encore, hizo vibrar a los amantes de la música de uno y otro hemisferios. 

Cierto: qué prodigiosa demostración de precisión, musicalidad y virtuosismo de un hombre que acaba de cumplir 87 años el 1 de noviembre. 

La pátina del tiempo no ha deteriorado la capacidad musical de este artista, como tampoco ha caído sobre el Concierto número 2 de Rachmaninov, tan conmovedor, lírico y brillante como el día de 1901(9 de noviembre) en que fue estrenado por el compositor, como solista de la Filarmónica de Moscú, dirigida por Alexander Siloti, su primo. 

El Concierto fue tan bien recibido en Rusia en aquel primer año del siglo XX, como lo ha sido en esta ocasión en España. 

Y dicho a la española, ¡Viva la música de Serguéi Rajmáninov! ¡Viva el arte de Joaquín Achúcarro! ¡Vivan los grandes pianistas!





Friday, November 29, 2019

Olga Tokarczuk. El corazón de Chopin

Desde los albores de mi adolescencia, la música de Chopin ha formado parte de mi vida. Aun cuando reconozco que sus obras carecen de la capacidad de conmoverme profundamente como las de Mahler y ni siquiera me producen el pasmo ante la grandeza de muchas partituras de Bach, Chopin ha sido el más importante de mis "músicos de cabecera" al grado de haber desplazado a Beethoven, Stravinsky y aun a don Isaac Albéniz.

Desde la hollywoodesca y cursi película La canción inolvidable (1945), que de niño tanto me entusiasmó, hasta los más sesudos análisis de su obra, como los contenidos en The Cambridge Companion to Chopin, numerosos ensayos, anecdotarios y biografías han estado siempre a mi alcance.   

Por esta razón, en cuanto me enteré de que la escritora polaca Olga Tokarczuk, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2018, entregado este año, era autora del texto El corazón de Chopin, corrí a mi iPad y adquirí con un solo clic su libro Los errantes, que a su vez había sido distinguido con el Premio Man Booker Internacional. 

Me bastaron unas cuantas decenas de páginas para intuir que Olga Tokarczuk ingresaría en mi lista de admiradas escritoras que obtuvieron el Premio Nobel, al lado nada menos que de Gabriela Mistral y Svetlana Alexiévich. 

Pero he de volver a Fryderyk Franciszek Chopin, porque durante setenta años consideré como un acto de suprema poesía el hecho de que se haya depositado el corazón del compositor tan amado en el templo de la Santa Cruz, en Varsovia. 

Después de la lectura de la crónica de la extirpación de este órgano y su traslado desde París, he despertado de una ingenua ensoñación y he quedado al borde de una repugnancia semejante a la experimentada en mi niñez frente al brazo de Álvaro Obregón exhibido antiguamente en su "altar patrio", situado en las entrañas del monumento erigido en su honor, en 1935, en la Ciudad de México. 

No me referiré a las circunstancias en que se extrajo el corazón de Chopin y logró introducirse en la Polonia dominada por los rusos, pero sí insistiré que algunas de las imágenes descritas por Olga Tokarczuk me han impresionado tanto en mi ancianidad como la visión infantil del brazo de El manco de Celaya en el preciso sitio donde fue asesinado. 

Recomiendo vivamente que todos los que, en palabras del marqués de Justine pertenecemos a la "iglesia de Chopin" porque "todos le amamos y nos amamos en él", recurran a su dispositivo electrónico o vayan a la librería por su ejemplar de    Los errantes. 

La recomendación se extiende a quienes aman la literatura de suprema calidad. Les aseguro que también la narración de las circunstancias en que se interpretó, por voluntad de Chopin, el Réquiem de Mozart en su funeral enriquece el caudal de testimonios en torno de este acontecimiento.



Wednesday, November 27, 2019

Tsunamis musicales

                                   

                                 (Para Paco M, en España)

Entre mis experiencias musicales más intensas vividas a lo largo de más de siete decenios de melofilia se encuentran dos ocurridas en las salas de concierto y dos a miles de kilómetros de ellas. 

La más antigua se remonta a 1950, cuando escuché por primera ocasión ¡y en vivo! la Sinfonía número 9 de Beethoven en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México 

La segunda, formidable experiencia concertística que evoco ahora fue la audición de la Novena de Mahler, dirigida por Esa-Pekka Salonen al frente de la Orquesta Sinfónica de Chicago, el 18 de mayo del año pasado. 

Para que la experiencia fuera más intensa, esta insuperable interpretación de la sinfonía que concluye con un adagísimo precursor del silencio de la muerte, tuvo lugar el 18 de mayo, día en que se recordó al gran compositor en el aniversario 107 de su partida.

Me parece que entre las experiencias más conmovedoras que he vivido gracias a la música pero fuera de una sala de conciertos se encuentra la ocurrida en un terreno baldío del centro de Salinas, California, contiguo al Steinbeck Center,  en donde ahora está el Taylor Building, el edificio más hermoso de la ciudad, de arquitectura semejante a la que es característica de Nueva Orleans. 

En ese lugar, como todos los sábados, se encontraban numerosos comerciantes de ropa, frutas, artesanías y olorosas, burdas imitaciones de la gastronomía popular de México y Centroamérica. 

En un extremo de ese "mercado sobre ruedas", un hombre maduro, ojos azules, cabello rubio, acompañaba su canto con el rasgueo de la guitarra. Su voz de barítono y su virtuosismo guitarrístico me habían asombrado por lo que desde lejos escuchaba unas tras otras las canciones de la tradición estadounidense, mientras Josefina recorría diversos puestos. Tras breve pausa, prorrumpió con la única canción mexicana de su repertorio. ¡Se trataba nada menos que de la preferida de mi madre, la que me rogó que se la acompañara al piano el día que por fin pude comprar el instrumento... ¡Dos arbolitos, de Chucho Martínez Gil!

El asombro y la añoranza me tocaron el corazón y cuando escuché las palabras "Arbolito, arbolito, bajo tu sombra, voy a esperar que el día cansado muera..." la emoción se convirtió en tsunami. 

Al término de la interpretación, acudí a dar las gracias al músico. En inglés, puesto que no hablaba una sola palabra de español a pesar de haber cantado en este idioma, le dije lo que esa canción significa para mí. Puse entonces un billete en sus manos. Era de veinte dólares el único que traía, pero de haber sido de cien, con el mismo gusto se lo habría entregado. 

Este hecho sucedió hace siete años. Lo que contaré ahora lo viví hace dos días, frente a la pantalla de mi iPad, gracias a YouTube y al español Paco M, promotor infatigable de la música de su país, con lo que ha alborotado mi hispanofilia de toda la vida. 

Escuchaba, con las notas frente a mí, una obra que desconocía: Niñerías, que el sevillano Joaquin Turina compuso para sus hijos.

Al llegar a la séptima pieza, intitulada "A la memoria de un bebé", escuché que las tiernas melodías habían dado paso a la secuencia Dies irae, de la Misa por los Difuntos, lo cual me produjo otra marejada: el recuerdo de Eduardo, mi hermano, fallecido trágicamente frente a mí a la edad de un año y cuatro meses, cuando yo no había llegado a los siete.

Qué poder inmenso tiene la música al remover el recuerdo de sucesos que siguen tan vivos como en el momento en que ocurrieron. 

Esta reflexión vuelve a mí cada vez que escucho el Preludio opus 28 número 7 de Chopin y me transporta por el túnel del tiempo a los años 40 en la Colonia del Valle de la Ciudad de México. 


                                               Jesús Bojalil Gil, 
                    conocido como Chucho Martínez Gil (1917-1988)